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Velilla de Cinca y el ermitaño de San Valero

La localidad de Velilla de Cinca –Villella para los ribereños- situada al norte de Fraga, en la margen derecha del río Cinca, ha conservado escasas noticias de cariz religioso. Históricamente, su término y villa habían estado vinculados al monasterio de Avinganya (Lérida). Algunas de esas escasa noticias están conservadas en el diocesano de Lérida. Por ejemplo, la que dice que en el año 1900 el cura párroco de Velilla pudo ampliar las vestiduras de la sacristía comprando un terno negro con capa para celebraciones de defunciones de sus feligreses.

O la que informa que el 3 de junio de 1901 fue bendecida una ampliación de su cementerio instalando a su vez una cruz en el medio del mismo, con una porción del mismo sin bendecir, para enterrar difuntos que no hubiesen recibido el bautismo. Ese mismo año, empezó la construcción de una capilla en el mismo cementerio costeada por su municipio. El primer nicho fue construido en la parte moderna o ampliada para colocar el cadáver del vecino D. Jacinto Zapater Zapater, por cuya posesión debía pagarse la cantidad de 20 pesetas, destinadas todas ellas a obras de la iglesia. La particularidad del entierro del citado señor Jacinto es que había muerto en un desafío, motivo por el cual el diocesano de Lérida cuestionaba al cura párroco de Velilla si había tenido tiempo de recibir los Santos Sacramentos, pues la noticia aparecida en la prensa de la época manifestaba que su muerte había sido instantánea. Gracias a la recaudación en la distribución de nichos en el cementerio de Velilla pudo rehabilitarse el tejado de la iglesia parroquial de Velilla, cuyo importe ascendió a 200 pesetas de la época.  

Otra noticia es del año 1903; en ella nos informa que el ecónomo de dicha parroquia de Velilla recogía fondos para el gasto del clero a través del método de venta de dispensas por bulas -sistema hoy desaparecido-.  

Entre dichas noticias, nos parece como más relevante la constatación de que la ermita de San Valero, construida encima de una antiguo mausoleo romano, disponía de ermitaño propio. En el citado año de 1903 llegó a la villa un hombre que mereció la confianza de todos sus vecinos, y por supuesto del cura párroco de la misma, quien propuso al obispo de Lérida la autorización para que dicho peregrino -llamado Lucio Díaz Torres- tomara por residencia dicha ermita de San Valero, como auxiliar del ermitaño titular. El diocesano, viendo el interés del solicitante, y el apoyo de numerosas personas de dicha localidad, le concedió autorización en 13 de mayo de 1903. “...esperando que con su conducta y celo contribuirá al aumento de la devoción que el vecindario profesa al Santo que en dicha ermita se venera”. La presencia de un ermitaño, aparentemente anacrónica en tiempos modernos, ha llegado a nuestros días. Tenemos claros recuerdos infantiles como su ermitaño recorría las calles de Fraga con la imagen del Santo en un urna de madera, recogiendo la limosna de los simpatizantes de San Valero.

La actual ermita de San Valero –uno de los pocos restos arqueológicos bien conservados- presenta dos portadas semicirculares con dovelas. Junto a la ermita quedan restos de un asentamiento romano y restos de la desaparecida aldea de Daimuç. Como no podía ser de otra manera, una de sus fiestas patronales es San Valero el día 29 de enero; sin olvidar la fiesta de San Lorenzo en el mes de agosto.

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