Ramón Berenguer IV: Conquistador de Fraga

A veces ocurre que, cuando queremos poner un nombre a una calle o una plaza de nueva construcción, nos faltan personajes emblemáticos a tener en cuenta. Como ocurrió con los años sesenta del pasado siglo, cuando las autoridades de Fraga centraron su atención a accidentes geográficos, a santos de la Iglesia y a localidades aragonesas, sin reseñar nunca la motivación o la incidencia histórica con nuestra ciudad. Otras veces tenemos los nombres, pero los agentes sociales de turno no consiguen ponerse de acuerdo sobre qué es lo relevante: la historia local o la historia del mundo, los políticos o las personas capaces de transformar nuestro pensamiento o la ciencia. Cada ciudad debe tener su propia historia. Sus calles, sus museos, sus edificios deben recordar su historia y sus gentes. Los nombres de sus calles y plazas, los edificios de carácter social y lugares públicos, así como su escudo o su bandera deben representar la idiosincrasia del devenir histórico. ¿Por qué no se tiene en cuenta la historia local? La época del franquismo fue un momento crítico para borrar todo signo de historia local. Seamos positivos y creamos en el buen hacer de los agentes sociales. Al menos de aquellos que dicen que quieren trabajar por y para Fraga.

A lo largo de estos breves recuerdos de nuestra historia divulgativa he ido ya ofreciendo algunos personajes o hechos a tener en cuenta. Esperemos seguir con otros muchos, sobre todo si la salud nos lo permite muchos años, y la directora de esta publicación no se cansa de los mismos.
 
Hoy quiero ofrecer a mis paisanos el recuerdo del personaje más emblemático de nuestra historia. El conquistador de Fraga: el conde Ramón Berenguer IV(1137-1162). Es un nombre imposible de olvidar al hablar de nuestra historia, y del que podemos sentirnos orgullosos, como él mismo lo manifestaba cuando ponía en los documentos el nombre de nuestra localidad.

Ramón Berenguer IV fue el artífice de la recuperación de Fraga y su término, sustrayéndolos a los sarracenos en el año 1149. El extenso término de Fraga lo asignó para sí y sus hijos, como patrimonio personal. La medina Fraga era ya en el siglo XII una de las localidades más importantes de la frontera norte de Al Andalus. Quizá por eso no tuvo el conde y príncipe ningún reparo en señalarla y distinguirla como una ciudad importante. Inclusive citarla junto a su nombre autonominándose “príncipe en Aragón y en Lérida y en Tortosa y en Fraga”.

Desde el mismo momento de su matrimonio con la jovencísima Petronila de Aragón, evento celebrado en Lérida en 1150, pasó a denominarse “príncipe de Aragón” y no rey. Entre otras razones porque seguía viviendo el rey de Aragón, don Ramiro el Monje. El monarca retirado a un monasterio falleció en Huesca en 1157, dejando las cosas de este mundo a su hija Petronila y al astuto y enérgico Ramón Berenguer IV.

El cronista aragonés Rodrigo Ximénez de Rada en su obra De Rebus Hispaniae (III,XI,9) nos afirma que en 1149 el conde de Barcelona tomó las ciudades de Lleida, Tortosa y Fraga; (“comes Barchinone Ilerdam, Dertusam et Fragam noscitur acquisisse”). Dicha conquista ocurrió en octubre del citado año, día 24, restableciendo de inmediato la diócesis de Lérida; señaló los límites jurisdiccionales con los templarios de Monzón y los límites diocesanos con el obispo de Huesca. En 1150 ya había redactado pactos con los moros de Fraga, autorizándoles a abandonar libremente la villa, o establecerse todos los que decidieron quedarse en el arrabal del Murallot, en el plazo de tres años. Mandó abrir un hospital y nombró como primer gobernador o alcayde del castillo de Fraga a Arnal Mir de Pallars en el citado año de 1150. De la misma forma, Lérida había recibido su carta de población en el mes de enero del mismo año.

Luego empezaron los repartos entre familiares del conde, así como a los caballeros y seguidores participantes en el asedio de Fraga. Entre ellos el conde de Urgel, Guillem Ramón de Montcada, posiblemente a Guillem de Castellvell casado con Mahalta, la hermana del conde de Barcelona, y al citado Arnal Mir de Pallars, casado con una hija del conde Urgel. La repoblación cristiana permitió ocupar las casas de la antigua medina Fraga y tomar posesión de las numerosas parcelas de tierras usurpadas a los moros fragatinos. La mezquita, junto a la plaza de su nombre, fue consagrada por el obispo Guillermo de Lérida a la advocación de San Pedro apóstol.

El verdadero señor de Fraga era el conde Ramón Berenguer IV quien en mayo de 1153 consta en un documento de venta -redactado en Huesca- como príncipe reinante en Fraga: “comes Barchinonensis et princeps Aragonensis et in Superarbi, in Tortosa, in Mirabet, in Lerida, in Fraga.” (ACH, 2-591). De igual manera, en noviembre de 1154, el citado conde autorizó una venta en Zaragoza a favor de los templarios, donde consta como: “Regimundus comes Barchinonensis, princeps in Aragón, in Lérida et Fraga, in Ciurana, in Tortosa et in Çaragoça”. (AHN, Cantoral magno de la Orden de San Juan, II, 200). De nuevo queda claro el dominio directo del conde Ramón Berenguer IV sobre Fraga en su personal carta de población concedida a la localidad de Huerrios (Huesca) el 8 de octubre de 1157, donde hace constar en la misma que “reinaba en Aragón, Sobrarbe, Ribagorza, en Arán, en Tortosa, en Lérida y en Fraga”. (AHN, códice 499, nº 197, pág. 92).

¿No podría dedicarse un espacio urbanístico a los protagonistas de la historia de nuestra ciudad?

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