El rapto de Berenguerona de Soses (1)

Este suceso, aunque pueda parecer un tanto fantástico, puede afirmarse que ocurrió realmente. Es una historia que ocurrió en nuestro entorno geográfico, en nuestras vecinas riberas del Cinca y del Segre en el lejano año de 1291. En ese empezaba a reinar el rey Jaime II, llamado el Justo o el Justiciero en las cortes de 1300. La muerte de Pedro III de Aragón, hermano del rey, su predecesor en la corona, había dejado a la nobleza aragonesa o catalana en una situación de guerras internas que parecían no acabar. Jaime II decidió que todos los nobles le jurasen dos años de paces y treguas, como un regalo a sus primeros momentos de reinado. En ese contexto debemos entender los siguientes hechos.

Nuestra historia –porque ahora ya será nuestra, de todos- empieza con el enlace matrimonial de Simón y Berenguerona.

Simón era hijo del señor de Albalate de Cinca, el senescal de Cataluña, cuando Albalate pertenecía a Cataluña y dependía del veguer de Lérida, que aquel año se llamaba Simón de Lauro. Simón de Montcada, que era el nombre del novio, había enviudado de Gracia Martínez de Luna, una hermana del prestigioso Pedro Martínez de Luna, gobernador general de Aragón.

La contrayente es nuestra protagonista: Berenguerona. Quizá también conocida como Berenguera, pero como demostró ser muy brava y guerrera, todo el mundo la llamaba Berenguerona. El padre de Berenguerona era Bernardo, señor de Anglesola. El día de sus bodas, el 24 de mayo de 1291, Berenguerona era ya huérfana de padre. De la madre no tenemos noticias, quizá por eso la acompañaron al altar sus abuelos Raymundo y Guillerma.

Ambos contrayentes eran de familias nobles y, como se solía hacer en esos casos, los capítulos matrimoniales se redactaban ante notario antes de las bodas. Dichos pactos debían contener las donaciones que cada familia y contrayente ofrecía a la otra parte. Simón aportaba los lugares de Soses y Albalate con sus gentes y sus términos y rentas, y el título de senescal de Cataluña a la muerte de su padre; también las rentas de Almenar, Capella y Monesma. Por la parte de Berenguerona, aportaba los castillos de Arbeca, Borges, Castellotz y Albelda con todos sus habitantes, rentas y términos. Era la boda de la que todos los pobladores del Cinca y del Segre hablaban. No era para menos, los señoríos laicos afectaban a buena parte de la gente en ambas riberas.

Soses, en la ribera del Segre, tenía castillo. Su alcaide era el caballero Ramón Alamán, quien reclamó un contingente de tropa para defender aquel castillo que le había encomendado unos años antes don Ramón de Montcada, el padre del joven esposo. El motivo era sencillo: en el año 1292 los nobles en Cataluña y en Aragón andaban otra vez revueltos. Si un noble hacía una fianza o un préstamo y no se lo devolvían a tiempo, el afectado y sus valedores -a los que consideraba de su familia- invadían propiedades del deudor, llevándose gente, animales y bienes hasta que le retornara el préstamo. Esos nobles todavía no sabían hacer otra cosa más que guerrear. Quedaba lejos todavía la época en que esos caballeros fueran, además, hombres de letras.

Berenguerona enviudó pronto. Tuvo tiempo de que naciera su hija Marquesa. Simón murió asesinado en el citado año de 1292. Los nobles, que no remitían sus diferencias ni tan siquiera con la muerte de Simón de Montcada, ya había encontrado una nueva excusa para seguir guerreando. Los unos a favor y los otros en contra de que Berenguerona y la pequeña Marquesa, la hija de ambos contrayentes, fueran los nuevos señores de Soses. Los Entenzas, emparentados con los Montcada y con los Anglesola, también querían su parte de la herencia de Simón y de sus padres Ramón de Montcada y Sibila de Anglesola. Diversos acreedores de los nobles Ramón y Simón reclamaban a Soses por ser el aval de sus deudas. Era el caso de Huguet de Blumato, peletero de Lérida, que reclamaba los 1.700 s.j. que le adeudaban los señores de Soses. También Pedro de Montcada y su esposa Elisenda, que habían avalado las deudas de sus parientes señores de Soses con el castillo y villa de Aitona, reclamaban sus derechos. No hay que olvidar que los pueblos de las riberas vivieron con inquietud estos sucesos, sobre todo porque podían acabar afectando a todos, como ocurrió.

Pedro de Montcada, su hermano, tomó posesión de Soses, y con el consentimiento del rey Jaime II de Aragón hizo que todos los habitantes del lugar le prestaran homenaje como nuevo señor. Todo ello ante la presencia y testimonio del procurador real Jaume de Peramola. Pero el noble Pedro no había previsto que su cuñada no iba a renunciar a su dote fácilmente. Berenguerona se presentó ante el veguer de Lérida reclamando el castillo y villa de Soses, con sus términos y pertenencias, alegando simplemente su derecho adquirido en la celebración de las bodas. El infante Pedro, procurador general de Cataluña, dio la razón a Berenguerona y mandó que se la restituyera.

Entre tanto en Lérida se sucedían los juicios por el asesinato del joven Simón, el vástago de Albalate, el efímero esposo de Berenguerona. Los nobles implicados y sus vasallos iban recibiendo las más duras sentencias. El juicio iba a durar meses, pero no se perdonó a nadie. No en vano el rey Jaime II, después de ser coronado, mandó a todos los nobles que juraran paces y treguas en las cortes celebradas en Barcelona de 1291, que parecían haber olvidado. La discusión por el señorío de Soses se estaba complicando con las sentencias que se iban emitiendo en Lérida contra los culpables, que fueron muchos. La acusación les culpabilizaba de desobediencia al rey, o de haber jurado en falso en Barcelona. Además, la muerte de Simón de Montcada debía ser juzgada con ejemplaridad.

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