La derrota del emperador en Fraga (2)

De nuevo en Fraga, en septiembre de 1133, el rey Alfonso concedió una exarico – una tierra y su dominio- a Fortín Iñiguez de San Celedonio, que posteriormente este entregó a la orden del Temple. En el mismo mes y ante la villa de Fraga, el monarca concedía un moro con todas sus posesiones que poseía en Navarra a la orden del Temple. En octubre redactó otro documento conservado en el cantoral del Temple existente en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, en el que nos hace mención que Fortín Garcés Cajal y su esposa Toda hicieron disposición testamentarias de sus bienes que poseían en Zaragoza, Tudela y Tarazona, expresando en el mismo “cuando el rey había tomado Mequinenza y pasó a Fraga”.

De nuevo hallamos al monarca aragonés en Fraga en los meses de febrero, marzo y abril de 1134. En febrero concedió la carta de población de Artasona. Un testamento hecho por uno de los hombres participantes en el asedio de Fraga, Osset, hijo de Bernard Gaufred, señor de Aler, concedía una heredad en Fontova al obispo Pedro de Roda-Barbastro. Consta que dicha donación estaba escrita con la presencia del rey en Fraga el 24 de abril. Pero el rey, al comprobar que el asedio se prolongaba, dejó un destacamento militar bien protegido y se trasladó a Pamplona, donde se hallaba el 29 de abril de 1334.

No tardó en regresar, pues en el mes de junio el rey aragonés obtenía la villa de Mequinenza, con exterminio de la población, según el escritor Abenaljatib. De inmediato, se dirigió a Fraga, donde se hallaba en 14 de junio. Allí nombró como primer señor de Mequinenza a Fortín Galíndez. A los tres de los caballeros que destacaron en el asedio y conquista de Mequinenza -Pedro de Biota, Iñigo Fortuñón y Ximén Garcés- les concedió el dominio y señorío de Nonaspe. En el mes de julio había tomado Escarp, lugar que cerraba el acceso y las ayudas a Fraga por el Sur. En agosto intentó la entrada a la villa de Fraga, sin conseguirlo. Desde el sitio de Fraga redactó el monarca aragonés una carta a los canónigos de San Salvador de Zaragoza. Sus aspiraciones se alargaban demasiado. En septiembre de 1134 mantenía sus aspiraciones sobre Fraga, sin conseguirla.

Parece deducirse de las noticias ofrecidas por el cronista árabe Ibn Idari que, a finales de aquel año, el gobernador de Valencia y Murcia, Yayha Ibn Ali Ibn Ganiya, tuvo algún encuentro con el aragonés, con poca fortuna. Los de Fraga escribieron al citado gobernador. Su petición era una llamada de desesperación, pues le anunciaban la falta de alimentos y el abatimiento de los cercados. Entonces, el gobernador de Valencia y Murcia, Ibn Ganiya (el popular Avinganya), decidió salir en ayuda de los de Fraga, después de manumitir a diversos esclavos miembros de su servicio.

El de Aragón había decidido el ataque directo a Fraga, después que un monje francés sentenciara ante el rey Alfonso: “Yo invocaré a Dios contra ellos, se derrumbará su castillo y lo tomarás al asalto”. Dicen las crónicas que el monje se acercó a las murallas sobre una colina, situándose el ejército del aragonés detrás del monje, todos preparados para el ataque. Pero una pequeña catapulta partió en dos al monje produciendo el temor de la tropa cristiana; el aragonés desistió de iniciar el ataque.

Al fin, el 17 de julio, las tropas cristianas vieron cómo se abrían las puertas de Medina Fraga y salía la gente con ánimo de producir un choque humano y frontal que decidiera la prolongada presión sobre la ciudad. El monarca aragonés decidió confirmar su último testamento concediendo el reino de Aragón a las tres órdenes militares surgidas de Jerusalén. En realidad, los de Fraga salieron de la ciudad sólo cuando avistaron, por el oeste y por el sur, las ayudas que esperaban procedentes de la capital del Segre y las procedentes de Valencia y Murcia, inclusive las de Córdoba. Según afirmaba en su día el historiador Rodrigo Pita Mercé, la tropa llegada a Fraga debió estar formada por unos 2700 jinetes de caballo y unos 25 o 30 mil infantes, lo que hizo que la desproporción de fuerzas con la cristiana fuera a favor de los musulmanes en diez a uno, aproximadamente. El emir Texufin había autorizado el desplazamiento de una tropa que alcanzaba la cifra de 2000 jinetes comandados por Zubayr Ben Amr el Lamtumí. Además, iban muy bien surtidas de víveres. Yahya B. Ganiya dirigía otros 500 caballos procedentes de Valencia y Murcia, mientras que Abd Allah Ben Izad dispuso de otros 200 caballos. Por lo tanto, a pesar de que las crónicas árabes suelen abultar las cifras, podemos conjeturar que los cristianos contaban con una tropa de unos 400 caballos y unos 3000 peones. Proporciones que ayudarán a explicar la derrota aplastante sufrida por los cristianos.

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