Un ejemplo de anticlericalismo en el Bajo Cinca

Este es el contenido que se desprende de una carta que va dirigida a don Manuel Irureta Almándoz, obispo de Lérida (1926-1935), de quien presentamos previamente un breve reseña biográfica, tomada de don Ramiro Viola.

Don Manuel Irureta era de origen navarrés, fraile capuchino en su formación. Fue rechazado por dicha orden por considerarlo excesivamente alegre y bromista. Creyéndose indigno para ser clérigo, estudió magisterio y formó parte del orfeón de Pamplona. Fue maestro en Ostiz (Navarra) y secretario municipal de la misma localidad. En 1898 fue trasladado a una escuela de Zugarramurdi. Su extraordinaria voz le valió ganar las oposiciones para la catedral de Valencia. En Valencia completó sus estudios eclesiásticos y en 1900 el obispo de Teruel le consagró presbítero.  Continuó su magisterio en la Universidad de Valencia dando clases de introducción a la Teología y de griego. Fue un orador y predicador popular. Nombrado obispo de Lérida en 1926, y de Barcelona en 1930. Sus gestiones como administrador apostólico de la diócesis ilerdense continuaron hasta 1935, en un España prebélica. Su sucesor Salvi Huix Miralpeix (1935-1936), sería asesinado por ser clérigo y obispo el 5 de agosto de 1936. El biografiado Irureta había fallecido el año anterior.

Una carta que hemos hallado en el obispado de Lérida, fechada en Miquerença o Mequinenza en forma castellanizada, el 30 de julio de 1933, nos ha hecho reflexionar una vez más sobre los sucesos de nuestra España contemporánea. Está firmada por mano del párroco de Miquerenza –Juan Clisala- quien escribió al insigne diocesano arriba reseñado explicándole la situación social de la localidad a él encomendada. La dura crítica que hace de los habitantes de Miquerença desvela la situación insostenible en la que estaba inmersa España toda -movida por la propaganda política-, que preludiaba, tres años antes, el triste desenlace una mortífera guerra civil. El anticlericalismo reinante por doquier se evidencia bien a las claras en la mencionada carta del citado párroco. Dicho cura se confesaba antirrepublicano, antisocialista y anticomunista, porque todos ellos –decía- rompían con todo el orden establecido a sus ojos. O sea, era un español conservador. Culpaba a la República de los males que incidían sobre la infancia de la localidad de Miquerença, donde al menos cuarenta niños y niñas se hallaban huérfanos.

La propaganda política intentaba deteriorar la imagen del obispo Irureta y de todo el clero en general. Las iglesias se desertizaban progresivamente ya desde 1933, y el párroco autor de la carta expresaba su deseo de ausentarse de la localidad, dejando sólo al coadjutor, al que califica de poco hábil para dichos tiempos. Los trazos irregulares y las palabras casi irreconocibles de la carta presumen una persona en un estado de emoción febril. Aquel cura padecía las consecuencias de la novedosa situación social que vivió todo el país -en desacuerdo con su formación-, que provocaron a su vez que el clero en general no aceptara los cambios políticos que se sucedieron.  He aquí la transcripción de la carta:

“Ilustrísimo y reverendísimo Señor: Son tan grandes los estragos causados por la impiedad en esta Mequinenza que casi le viene a la mente si tendrá que cerrase la iglesia por falta de asistencia de fieles. Este país que ha sido de tiempo inmemorial campo muy abonado para la inquieta venida de la República con todo su desenfreno de leyes y costumbres, camina ésta parroquia a pasos agigantados al abismo, del que no saldrá sino por un milagro de Dios. En poco más de un año han quedado cuarenta niños y niñas sin familias, muchos sin casa, y más todavía: sin interés. La disminución en la asistencia a misa y demás actos religiosos ha sido tal, que ya no viene casi nadie. Todos los elementos del [...] en mera pro paganda impía, sin tener contra la [...] y duros ejemplos para vos con toda la serie de inmundicias y torpezas ha sido la manera que han practicado socialista, comunistas y diablos encarnados. Para contrarrestarles tanto más, la gestión del Sr. Charpista(?) dase muelas y un fracaso completo; y al infrascrito sobre quien pesa la parroquia, obviadísimo de saber que mis energías para una obra tan grande que hay que emprender para conquistar terreno perdido. Creo mi deber de conciencia poner este estado de cosas en su conocimiento de S.S.I. en la seguridad que proveerá su remedio. El Sr. Coadjutor sin vista para esta parroquia y el infrascrito, reconocido en imposible para su salud. A mi juicio bastaría un solo cura para esta parroquia, pero mi dura [...] salud, celo y virtud, y esto tanto más, porque se hace imposible la vida para los curas. Con la mayor consideración y respeto se reitera afmo. súbdito que atentamente besa su I.V.  Juan Clisala, cura párroco. Mequinenza, 30 de julio de 1933”.

No estaba errado el párroco de Miquerença. El anticlericalismo premeditado fue la constante de una propaganda permanente, calificada a sí misma de revolucionaria. Aquella propaganda contra la religión sacrificó a numerosos curas de la ribera, buenas personas poco dadas a los cambios. El párroco susodicho había acertado en su análisis: “… se había hecho imposible la vida para los curas”. La persecución de curas se hizo virulenta en nuestra ribera. Entre los que perdieron la vida a manos de los que defendían la nueva España revolucionaria fueron muchos. La mayoría naturales del Cinca. La lista de curas asesinados en aras a un revolución social no está cerrada:
Francisco Abenoza Suñé de Alcolea de Cinca; los hermanos Joaquín y Tomás Badía Arellano de Fraga; Benito Basols Jover de Fraga; los hermanos José y Manuel Cabrera de Dios de Fraga; Salvador Callizo Aguas de Torrente de Cinca; Miguel Clarió Montull de Fraga, mi pariente por parte de madre; José Espitia de Dios de Fraga; Ricardo Galicia Mallafré, cura de Torrente de Cinca; Benito Gómez Reales de Fraga; Mariano Moles Novials de Fraga, Antonio Navarro Serveto de Torrente de Cinca; Isidoro Pomar Labrador de Peñalba, cura de Miralsot; Andrés Ruiz Llusà de Fraga; Miguel Salomó Mesalles de Fraga; José Sorolla Ibarz de Zaidín; los hermanos Juan y Miguel Vilar Ibarz de Fraga…

Los sucesos de aquellas tristes fechas nos sugieren una enseñanza: ¿debieran existir mecanismos que permitieran destituir a los políticos que enfrentan a los ciudadanos? La dialéctica debe sustituir a las armas, pero la palabra es también un arma en boca de personas que saben que pueden inducir a los demás a los enfrentamientos. La demagogia puede conducir a la provocación, a la guerra. Sin ánimo de ofender ni aludir a nadie, ¿quién es más terrorista, el que mata o su inductor?

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