Arnato en San Pedro en honor del Duque de Alburquerque (2)

Recordemos algunos hechos históricos de los duques de Alburquerque. Quizá ayuden algún día para hallar la verdadera relación entre estos personajes y su empeño en elegir la entonces villa de Fraga para celebrar aquel fasto matrimonio que se celebró en la iglesia de San Pedro en 1601.

Juan Alfonso de la Cueva, duque de Alburquerque, se mostró eficaz en la búsqueda de alianzas entre Castilla y Francia en tiempos de Alfonso XI y Pedro I. Tras la muerte de Juan II de Castilla, había heredado la corona Enrique IV, hermano de Isabel la Católica. Los nobles castellanos ofrecieron la corona a la hermana, quien se negó a aceptarla en vida de Enrique. El favorito del rey, Beltrán de La Cueva, ayudó eficazmente a la derrota de los nobles en la batalla de Olmedo, hecho ocurrido en 1467. No obstante, y por falta de descendencia real, la infanta Isabel fue aceptada como heredera de la corona de Castilla en el tratado de Toso de Guisando. Pero las cosas cambiaron cuando la reina, segunda esposa del castellano, tuvo una hija engendrada del favorito del rey, Beltrán de la Cueva, por cuyo motivo todos sus coetáneos la llamaron Juana la Beltraneja. La reina estaba emparentada con la casa de Avís portuguesa y con los reyes aragoneses, pues era hija del rey don Duarte y de doña Leonor de Aragón. Este nacimiento desencadenó acontecimientos inesperados: doña Isabel fue desheredada, y Castilla había de entrar en un crisis civil sin precedentes.

A la muerte de Enrique IV, ocurrida en diciembre de 1474, ambas pretendientes protagonizaron una guerra civil que acabó por favorecer a los nobles que contaron con la ayuda de Fernando de Aragón, esposo de doña Isabel. Isabel murió en 1504, dejando la corona d Castilla a su hija Juana, conocida por la historia como la Loca, casada con Felipe el Hermoso de Alemania.

En los disturbios habidos en Zaragoza en 1591 hallamos a otro miembro de este linaje. Se trata de don Pedro de Alburquerque. Este noble se puso al lado del justicia de Aragón, Juan de Lanuza V y de los hijos de éste, Juan y Pedro, en lo disturbios habidos en l capital de Aragón. Como Felipe II actuó sin piedad con los alborotadores, es probable que Domingo de Alburquerque, el maestro en Fraga, fuera un descendiente que buscara en Fraga descanso y refugio.

Descendiente de aquel primer duque de Alburquerque era el virrey que visitaba la villa de Fraga, primero para casarse en la villa. Este personaje hizo una segunda visita a nuestra localidad en 1605. De esta segunda visita dejó escrito F. Otero que el Concejo volvió a agasajarle no cobrando su estancia –ni de los acompañantes ni alimento a caballerías- en ningún hostal de la villa. Su poder era tan grande que, la llegada de una carta del virrey con destino a los jurados de Fraga, ponía a todos los prohombres nerviosos, por lo que se pudiera derivar de su contenido.

El urbanismo de la villa mejoraba su imagen con algunos edificios majestuosos, donde el hierro, la madera y la piedra, mostraban un nuevo esplendor. Un signo de la citada mejoría fue la construcción del retablo de la iglesia de San Pedro, cuyas obras se iniciaron el 12 de agosto de 1608. Su constructor: Juan Miguel de Orliens, imprimió el estilo plateresco propio de aquel siglo. (El retablo actual de San Pedro es una pura imitación.)

Como puede verse, la expulsión de los moriscos en 1609 no puede justificarse por cuestiones de crisis económicas, como se ha afirmado muchas veces, sino más bien por una cuestión política. La monarquía de los Asturias deseaba el control de súbditos bajo la bandera de una uniformidad –conseguida cien años después. También debe tenerse presente el deseo de la creciente población cristiana de apropiarse, sin más, de las fincas y propiedades de sus vecinos moriscos, cuya asimilación hacía más difícil la uniformidad que predicaron los primeros arribistas. Quizá por eso no hubo apenas voces lamentándose de su expulsión a África.

Del duque de Alburquerque sabemos que en 1616 fue nombrado lugarteniente General de Cataluña, y en 1617 tuvo un hijo llamado Francisco Hernández de la Cueva, que llegó a ser virrey de Méjico. Una de las actuaciones que hicieron famoso a nuestro real visitante fue la destrucción de castillos de nobles. Sus órdenes estrictas en las zonas de frontera –refugio de bandoleros- permitieron que sus soldados colgaran con demasiada facilidad a campesinos sin previo aviso. Aunque fue un personaje que no le gustaba respetar Constituciones ni Fueros, consiguió pacificar los pueblos amenazados por los ladrones de caminos o por los nobles exaltados que los apoyaban. “Los bandoleros que hoy andan son gente vilísima y sin ningún ánimo de los caballeros de esta provincia” -decía un informe del año 1626.

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