ARTURO RIBES, INGENIERO Y DOCTOR EN INFORMÁTICA
«Soy afortunado: trabajo en algo que me gusta y se me da bien»
«Soy afortunado: trabajo en algo que me gusta y se me da bien»
Se llama Arturo Ribes, y es de Fraga. Tiene 32 años. Ingeniero informático. Investigador en Inteligencia Artificial, en el Instituto de Investigación en Inteligencia Artificial (IIIA) - Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Universitat Autónoma de Barcelona.
A los 18 años, marchó a Barcelona, para estudiar, y allí se quedó. De momento. Se licenció en Informática y, después de un máster, comenzó el doctorado en Inteligencia Artificial y Robótica, que finalizó este mes de marzo. Obtuvo la máxima calificación, cum laude.
ENTREVISTA
Toda tesis doctoral tiene detrás una historia. Explíquenos la suya.
Conseguí una beca para hacer el doctorado. Hay dos tipos de becas: unas las conceden al jefe del equipo investigador, que es quien reparte los temas; y hay becas directas a la persona, que elige libremente el tema; este es mi caso. Casualidades de la vida: mi jefe (Ramón López de Mántaras, director del IIIA) tiene un amigo investigador en el Imperial College de Londres, donde está el robot con el que he hecho las pruebas, porque los recursos en España son limitados. Este investigador (Dr. Yiannis Demiris) vino a impartir un seminario a Barcelona, para explicar el trabajo que realizan con robots en su laboratorio del Imperial College de Londres. Le pregunté a mi jefe si habría posibilidades de que fuera mi codirector de tesis, para poder realizar estancias en Londres y trabajar con los robots. Mi beca me permite cada año ir hasta seis meses a otro centro. No hubo ningún problema. De los cuatro años que ha durado el doctorado, he estado algo menos de un año y medio en el Imperial College y el resto del trabajo lo he realizado en Barcelona.
¿De qué trata su tesis doctoral?
Se enmarca en el área de la robótica del desarrollo. Tiene su raíz en la psicología del desarrollo, que estudia cómo crecen los niños y cómo van aprendiendo por etapas. Se trata de trasladar este conocimiento obtenido de los humanos y aplicarlo a un robot. A los robots normalmente se les enseña a hacer una tarea determinada y la hacen súper bien, en un entorno controlado. Por ejemplo, en una fábrica de coches, un brazo artificial coge el cristal del parabrisas y lo coloca en su sitio. Pero si se descalibra o algo no va bien, hay que avisar al técnico para que lo revise, el robot no es capaz de solucionar el problema. Con estas técnicas, el robot necesita más tiempo para aprender, pero aprende a hacer más variedad de tareas y en entornos diferentes.
¿El robot es capaz de aprender? ¿Cómo?
Simplificando, de manera similar a como aprendemos nosotros, nosotros como animales. Si a un perro le condicionas y le pides algo, le das ejemplos, y por repetición, al final comprende la tarea. Hay una serie de herramientas matemáticas detrás, pero lo importante, la idea básica, es que tú estás enseñando al robot. Si le quieres enseñar a coger un libro, le llevas el brazo hasta el libro, y lo haces varias veces. Él puede aprender las relaciones que hay entre lo que percibe de su cuerpo, por la vista o el oído, y lo que está pasando en el mundo. Él se crea un modelo de la realidad para, en el futuro, poder reproducir esta tarea. Se trata de crear una memoria de casos en los que el robot tiene que responder de una manera concreta.
¿Es un campo de investigación nuevo?
Bastante nuevo, tiene 10-15 años. Construye sobre muchas técnicas que se utilizan en otros campos, pero lo que sí es más novedoso es este aspecto de que el aprendizaje no está orientado solo a un fin. Pongamos que quiero fabricar un robot que aprenda a limpiar la casa... ¿Qué pasa si también quiero enseñarle otras tareas? Hay muchos tipos de casas, de muebles, de costumbres... Quizá quieres que el robot empiece a limpiar cuando tú ya no estás en casa. Si tienes una manera de darle un feedback, una respuesta al comportamiento del robot, él puede aprender autónomamente, sin demasiada intervención, que algo está mal y corregir el comportamiento. Puede aprender que, en lugar de limpiar a las ocho, tiene que limpiar a las once, cuando ya no estés en casa. Lo importante es que en lugar de enseñarle a resolver una tarea, se le enseña a aprender a resolver una tarea.
Robots que aprenden... Inevitable pensar en aquellas películas sobre robots que se rebelan contra los humanos.
Es cierto que hay robots que sí tienen fuerza, como son los robots industriales, o los que desarrolla la agencia de Defensa de EE.UU. que sí pueden dar más miedo, pero al resto les queda muchos años para parecerse a Yo, robot (la película). La mayor limitación que tenemos ahora es a nivel de software, de programación. Como ‘máquinas’, el tema está bastante avanzado; todos hemos visto, en programas tipo Cómo se hace, los brazos que montan coches en muy poco tiempo. Lo que va más retrasada es la programación; es muy compleja y para algunas cosas se necesitan máquinas súper potentes, que todavía son demasiado grandes y consumen mucha energía. Se está avanzando mucho, pero todavía falta.
Retomando su trabajo, ¿qué experimentos realizó con el robot?
Le presentábamos un teclado virtual, como si fuera un iPad. Él es ciego. Las percepciones que tiene son: dónde tiene la mano, de una manera bastante precisa, en este caso el dedo que toca a la pantalla. Y qué sonido oye, una nota musical. Es como aprender a tocar un teclado, es un teclado más pequeño, virtual, está en una tableta. Él aprende esta relación: si toca en un punto determinado, suena una nota musical. También lo hacíamos al revés, le dábamos una melodía y la tenía que tocar. Él va explorando y tocando, hasta que aprende a reproducir la melodía. Sabe cómo mover su dedo, es un conocimiento innato, configurado, pero lo que no conoce son las relaciones entre donde poner el dedo y que suene una nota u otra. Primero aprende que, según donde toca, donde pone el dedo, suena de una manera u otra, y al final encuentra la melodía que le hemos facilitado.
También aprende sobre su cuerpo. La música tiene un ritmo, eso significa que tiene un tiempo para ir de una tecla a otra. Si, por la velocidad a la que mueve su brazo, no le da tiempo, se lo hace saber al supervisor y este, una especie de maestro, le dice que pruebe a bajar el ritmo para llegar a tocar las notas. Como digo, no es aprender a hacer un trabajo, es el proceso en sí lo que nos interesa ver.
Entonces, hay interacción entre el supervisor y el robot...
Así es. Le puedes dar una tarea y ya está, o le puedes monitorizar, que es lo que nos interesa en este caso. Se ha descubierto que se aprende mejor con tareas de dificultad moderada. Si algo es muy fácil, nos aburre, porque ya lo sabemos hacer. Y si algo es muy difícil, nos frustra. En cambio, si la tarea tiene una dificultad moderada, crees que puedes hacerla pero te falta experiencia, te provoca curiosidad, te interesa...
¿Motivaciones? ¿En robots?
De hecho es la palabra que se utiliza. Se habla de motivaciones internas o intrínsecas, y de motivaciones externas. En las externas, por ejemplo, tienes que coger un móvil: cada vez que lo consigues, tienes un punto, una especie de premio, pero si coges otra cosa, tienes cero puntos. Lo que aprenderá el robot es a coger el móvil porque es lo que da más puntos. En cambio, las motivaciones internas es lo que hacen los niños. Les motiva jugar porque es divertido, no por el hecho de chutar la pelota, sino de jugar en sí.
Al robot le motivas para aprender. Y lo que más le motiva son tareas de dificultad moderada. Si le das varias tareas, empieza por una, y cuando ve que aprende, que hay un cambio interno, continúa haciendo esta tarea. Este cambio desaparece cuando o bien ya sabe hacer la tarea, y entonces ya es demasiado fácil para él, o bien no la sabe hacer, constantemente es demasiado difícil. Por eso se queda en la dificultad media. Esto también lo hacemos los humanos, en los conceptos de aburrimiento o frustración.
(...)
Este es un fragmento de la entrevista que publicamos íntegramente en el número 1686 (julio 2015) de la revista LA VOZ del Bajo Cinca, a la venta en quioscos, librerías y papelerías de Fraga. También te puedes hacer suscriptor (39 euros al año, + 4% IVA) y cada mes recibirás tu revista, cómodamente en tu casa.

