Recientemente hemos visitado el monasterio de San Victorián. San Victorián está situado en el Sobrarbe aragonés. Su majestuosidad nos ha incitado a conocer un poco más su historia. Uno de los mejores conocedores del mismo, del que tomamos algunas notas, es el aragonés Ángel L. Martín Duque. Al parecer, fue fundado en época visigótica y llegó a influir sobre las extensas tierras comprendidas entre el Ésera y el Cinca. Formó parte de un condado, que, al igual que el condado de Aragón, dependió de Tolosa (Francia). Esta estructura política inicial explica que, una vez erigido en reino el condado de Aragón, el rey Sancho Ramírez concedía a su hijo el infante Pedro el gobierno de Sobrarbe y Ribagorza, como independientes. El citado rey Sancho Ramírez fue un gran impulsor de la expansión territorial de sus primitivos condados, en pugna por la posesión de tierras con los musulmanes, que poblaban la mayor parte de la península, y que tenían su frontera bajo el control de ciudades como: Huesca, Graus, Monzón, o Barbastro. La ruptura de esa barrera en el siglo XI fue decisiva para la expansión política del reino de Aragón. Graus fue conquistada en 1063; Barbastro, efímeramente, en 1064; Zaidín en 1092; Huesca en 1096; Monzón en 1099; Barbastro nuevamente en 1100. Los hombres de las montañas habían abierto una cuña hacia Fraga y Lérida, medinas que les impedían su avance hacia Tortosa y el mar. Este último proyecto fracasó por la inesperada muerte del rey Alfonso el Batallador en su intento de tomar Fraga en 1134.
En este glorioso tiempo de expansión del incipiente reino aragonés, debemos recordar la presencia en los campamentos de obispos y abades de monasterios, pues todos deseaban parte del botín, a cambio de los hombres y dinero que ponían de sus territorios. Por ejemplo, en la conquista de Graus, el rey Sancho Ramírez puso como tenente y señor del castillo y villa a fr. Grimaldo, abad del monasterio de San Victorián. O que el abad fr. Durando (1125-1134) estuviera presente en el asedio de Fraga, donde falleció.
Dada la dificultad de atención religiosa, por parte de los clérigos de la diócesis de Huesca, sobre los lejanos lugares del Sobrarbe, los abades de San Victorián, dependientes de San Pons de Tomeras (Francia), se hicieron cargo de aquellos extensos dominios. De igual forma que ocurriría con los monasterios de Obarra, de San Juan de La Peña, o el de Roda. Todos ellos independientes del diocesano de Huesca. El obispado de Lérida no se erigió hasta 1150.
Una vez reconquistada Lérida y Fraga, los cincuenta y cuatro lugares dependientes del monasterio de San Victorián fueron disputados tanto por Huesca como por Lérida. Con el intento de poseer el dominio temporal de esa zona se originó el largo debate de las fronteras diocesanas que habían de influir en las fronteras administrativas. Pero la cuestión vino a complicarse con la creación del obispado de Barbastro hacia 1559 por el rey Felipe II, quien se vio obligado a dotarlo de jurisdicción, y hacer que los frailes de los monasterios volvieran a su vida de comunidad dejando las iglesias para los diocesanos. El papa Pío V confirmó la tendencia y Barbastro tuvo que rivalizar con el obispo de Huesca y con el de Lérida para defender sus rentas. San Victorián se vio obligado a replegarse sobre si misma en 1574 perdiendo la mayoría de sus pueblos y el contacto con sus feligreses. La cuestión de San Victorián quedó parcialmente solucionada al permitir en 1594 que tuvieran cinco pueblos en su beneficio, aunque dependientes de Barbastro.
La mengua de rentas y atención religiosa de San Victorián se agravó con la llegada al poder del rey Fernando VII quien permitió la supresión de monasterios. Fr. José González fue el último abad al fallecer en 1844. De poco sirvió el concordato de 1848 y devolución de bienes porque en 1854 falleció su último fraile, pasando todas las propiedades de San Victorián al obispo de Huesca. Las nuevas reclamaciones de Barbastro se hicieron efectivas en 1874 incorporando San Victorián a Barbastro. Pero las crisis del XIX hicieron que Barbastro entrara también en decadencia económica. En vez de suprimirse este obispado, en beneficio de los de Huesca y Lérida, también en crisis, surgió la idea de seguir la ancestral disputa de la posesión de pueblos. El argumento de identificar las fronteras diocesanas y administrativas favorecía las pretensiones de Barbastro, quien reclamó los 110 pueblos –incluido Fraga- que las circunstancias políticas hicieron aragoneses. De nuevo Barbastro había salido con la suya, aunque aceptando que la diócesis cambiara de nombre para llamarse “Obispado de Barbastro-Monzón”. Para salvar Barbastro se permitió la decadencia de San Victorián, -una de las cunas del cristianismo hispano- o que el obispado de Lérida quedase gravemente arruinado, con el consentimiento del papado. Desde la inmensa altura de San Victorián no podíamos abstraernos del bello paisaje y de nuestras modestas reflexiones: el obispado de Barbastro conseguía su propósito permitiendo su anexión como un “triunfo” de Aragón, pero… ¿al precio de permitir el desprestigio de la iglesia?
Actualmente, el monasterio de San Victorián se halla en ruinas, si bien denota los primeros intentos de restauración. No pudimos entrar a ver sus restos interiores, pero nos quedaba el consuelo de poder visitar la catedral de Barbastro, donde se guarda el histórico retablo de San Victorián en la primera capilla a la izquierda de la puerta principal.
