Joana Raspall a "les encaixonadores" de Fraga

Joana Raspall tiene ahora 93 años. Vive en San Feliu del Llobregat (Barcelona). Una señora amable, gentil, que -aunque con ciertas reticencias a desprenderse de unas memorias que ha guardado tantos años-nos permite efectuar una copia de unas cuartillas mecanografiadas, en las que cuenta sus recuerdos infantiles en la Fraga de los primeros años del siglo XX.

Era hija de Bonaventura Raspall Pahisa y de Joana Juanola Devavry, y sus abuelos maternos: Pau Juanola Capdepadrós y Agustina Devavry Mignó. Es decir, una parte genealógica es de origen francés. Por eso, cuando llegó a Fraga la familia Joanola-Raspall se les conoció también como los francesos. Entonces la señora Joana Raspall era muy niña y vivió intensamente la tarea comercial de su familia como comerciantes de higos.
Emprendedores en el comercio de productos agrícolas, se interesaron por los higos secos de Fraga, de la misma forma que por otros muchos productos de diversos lugares de Aragón y Cataluña. Al llegar a Fraga, alquilaban el desaparecido hostal de Camilo -después harinera Arnau-, situado junto a la actual plaza de San Salvador. A continuación contrataban multitud de personas para una tarea que duraba, cada año, unos 45 días. Es decir, el mes de noviembre y primera quincena de diciembre. A esta familia se le debe atribuir buena parte de la espléndida imagen de los higos de Fraga en aquellos años. El señor Bonaventura Raspall ideó la caja de madera cuya capacidad albergara diez kilos de higos -l’arroba-. Para las cajas pequeñas de cartón ideó un papel de puntilla que ofrecía un espléndido toque de calidad al producto.

La empresa, en Fraga, estaba registrada a nombre del señor Pau Juanola, suegro del señor Raspall, como puede verse todavía en la fotografía adjunta: “Figues de Fraga. Pau Juanola”. Nos lo cuenta la misma señora Joana Raspall en sus memorias: “Per les figues, féu construir uns caixons especials que s’ajustaven a una cabuda de deu quilos, i era estricte en la classificació de qualitats, segons les figues fossin més o menys blanques i més o meny grosses; al marge que la capa superior fos més o menys polida a efectes visuals, volia que les capes inferios fossin de la mateixa qualitat i de bona presentació. Tant els caixons de fusta com les capsetes de cartró per les figues-florm eren fuarnits amb paper taladrat imitant les puntes al coixí, tal com el tenen a les pastisseries”.

La extraordinaria presentación y belleza de los productos, mostrados por la familia Raspall en la Exposición de Alimentación e Higiene de París, les valió la medalla de dicha exposición en 1907.

Al hablar de la tarea de embalaje nos refiere que la realizaban en la primera planta del Hostal de Camilo, y nos describe el lugar de la siguiente forma. "Allá hi teniem cambres grans, de sala i alcova que es podia separar amb blanques cortines de cotó. La roba dels llits, fora les flassades, era d l’hostal; eren uns llençols entercs i netíssims que feien olor de sabó casolà, que havien estat rentats al riu i assecats estesos a l’herba”. Esta sala es la que empleaba el hostal como comedor. Y se decía que la reina María Cristina había descansado en dicho hostal y había salido al balcón para saludar a los fragatinos congregados en la plaza esperando poder verla.

El número de encaixonadores ocupadas en el hostal de Camilo era espectacular: “havien arribat a treballar-hi cent vint encaixonadores”. La fotografía (izquierda) muestra un buen número de ellas, todas vestidas con su mantón negro de flores, para la ocasión, o sea, para la foto. Esta reproducción, que debemos a la amabilidad de la citada señora Joana Raspall, estará presente en el Cegonyer el 23 de abril. No cabe duda que estas fotografías revalorizan el traje típico, los higos y la historia de Fraga.

La señora Joana Raspall, hija de uno de los empresarios más importantes de higos que tuvo Fraga a inicios del siglo XX, nos ha facilitado datos impagables sobre una de las actividades que hizo famosa a Fraga desde el hostal de Camilo. Este hostal estaba entonces a las Afueras de Fraga. Tenía una planta baja, un primer piso, unas golfas y un corral. Convertido todo el hostal en empresa de embalaje de higos secos merece la pena conocer lo que escribió sobre dicha actividad la citada señora Raspall: “Les figues eren guardades a munts als angles de la sala i recollida a palades. Cada dia n’arribaven carros plens i des del patí de l’hostal pujaven els grans coves, “banastos”, mitjançant una corriola de volant fins al primer pis o la golfa”.

El agradable estilo literario de la señora Joana Raspall no deja de lado la presencia de les encaixonadores, que entonces vestían a la usanza tradicional. “Estaven totes encara vestides i pentinades a l’ús antic: faldilles amples, dos o tres enagües, devantal, gipó i mocador a les espatlles, mitges blanques i sabates negres repuntejades amb dibuixos blancs”. Pero el vestido fragatino se transformaba en dias festivos: “Quan anaven endiumenjades, jo les vaig veure el dia de Tot(s) Sants, variava la qualitat de la roba, sobretot del mocador, que esdevenia “manton de manila”, i les arracades que, del botó inicial s’allargaven ens dos o tres pisos de penjolls amb pedreria. Tot allò, per a mi, era una gran espectacle que mai no he oblidat”.

La descripción del peinado fragatino no podía faltar en las memorias de la señora Raspall: “Duien un “monyo” pla, oblong, fet de trena, les més joves; però les velles duien una complicada trena ampla, de deu o dotze brins, engomada, que formava dues bagues, una sobre el cap, la més ampla, i l’altra cap endarrere, sobre el clatell, com un picaporta”.

Estas mujeres, todavía vestidas a la usanza centenaria, tenían una gran habilidad para preparar las cajas de higos que debían trasladarse a Barcelona, Zaragoza y a Francia. Los higos subían al primer piso o a les golfes y quedaban arrinconados en grandes montañas en las esquinas de donde se tomaban con palas. De aquí se trasladaban a la mesa de les encaixonadores, instaladas en su mayoría en aquella primera planta. Otro grupo en les golfes. La descripción del primer piso tiene un sabor de regusto de antaño, de aquello que no volverá: “En la sala més espaiosa e les cambres hi mantàvem la cuina económica de carbó, sobre potes, amb xemeneia que sortia a través d’un vidre tret a la finestra i substituit per un plafó de fusta foradat. L’aigüera consistia en dos grans gibrells damunt d’una taula de cavallets, i al costat hi havia unes guerres enormes, les “tenalles”, que les dones omplien a cop de càntirs de l’aigua que anaven a poar al riu, quan passava clar, al rec del costat de la carretera. Treiem l’aigua de les guerres amb una mesura de mànec llarg, i l’avi posava sempre unes quantes pedres graposses i ben netes al fons perquè es fes pòsit a sota i no el remoguéssim en treure l’aigua; a més, hi tirava una gotellada de lleixiu per a fer-la innocua. De tota manera, els homes s’estimaven més beure vi!”  

La madre de la autora de estas memorias, Joana Juanola Devavry, era la contable. En las fotos aparece con papeles en las manos. Su despacho y habitación estaba instalado en el primer piso del hostal de Camilo detrás de unas cortinas que aislaban dicha habitación. El cerebro comercial era el señor Bonaventura Raspall Pahisa, padre de la escritora de estas memorias. Por cierto, al hablar de su abuelo, el señor Pau Juanola Capdepadrós, nos refiere que era el responsable de la limpieza y de tener el agua, el carburo, y las herramientas a punto. Las cenizas eran arrojadas al corral por el agujero del wàter. O sea, que las necesidades de todo aquel elenco de personas, a veces más de cien, debían pasar por aquellos agujeros abiertos directamente al corral: “...la comuna consistia en un lloc tancat al final d’un passadís, amb un seient de dos forats grans i un de més petit- es veu que era cosa natural fer les necessitats en comú- seient que quedava penjat a l’aire lliure, amb una petita ampara de tres o quatre pams a la part del darrera, prolongant la pared que el sostenia”. El señor Bonaventiura Raspall llamaba aquella parte de la casa como el “sillón de las pulmonias”.
 

En el entorno del hostal de Camilo se vivía una gran agitación. Por las tardes llegaban los rebaños de ovejas que encerraban en el corral. Los establos disponían de abundantes caballería. Al lado había un molino de aceite. A corta distancia el matadero de ovejas y cerdos, al frente del hostal de Camilo, al otro lado de la carretera, la huerta de la So Maria. Huerta aquella cerrada de tapial. Otras huertas en derredor, especialmente con abundantes higueras, con flores de invierno en los arcenes de los caminos. Su recuerdo de la huerta de la So María es realmente encantador: “Quina meravella, la barraca de la So Maria! Recollides en senalles hi havia avellanes i atmelles; pomes, peres i codonys hi eren estesos en canyssos iguals que els que servien per assecar les figues al sol: a les parets escrostonades penjaven com garlandes enfilalls de cebes i alls, tomàquets i panotxes de Blas de moro; amuntegat a terra, maduraven els melons i les carbasses columinoses i bonyegudes; tot alló feia una olor viva i madura, dolça i penetrant que no oblidaré mai”. La So Maria tenia un poco más escondidas: ametlles, serves, caquis... 

Uno de aquellos años llegó a Fraga un batallón militar de maniobras dirigidos personalmente por el capitán general de Zaragoza. Al llegar al hostal y enterarse que en él estaban les encaixonadores, quiso conocer aquel lugar y al empresario que había conseguido que los higos de Fraga llegaran también a Zaragoza con el nombre de La Pilarica, nombre que tenía su marca antes de adoptar la conocida Marca de Fraga. Una de las tradiciones que mantuvieron siempre aquellas encaixonadores era la de cantar mientras trabajaban. A veces, llegaron a entonar un tremendo guirigai cuando se cruzaban las canciones distintas entre mesas distintas.

Como empresario de higos, el señor Bonaventura Raspall tuvo que reunirse en alguna ocasión con los demás empresarios del mismo negocio. Todo ello con el patrocinio de la alcaldía, al comprobar que tal actividad era un claro futuro económico para la ciudad. En uno de esos encuentros, -que debía celebrarse en el antiguo Ayuntamiento de la calle de La Cárcel-, se encontró con el alcalde enfurecido contra él, porque llegaba tarde. La causa del retraso, explicado por la señora Joana Raspall, su hija, tiene un verdadero sabor literario: “Rondinant, el meu pare, per haver-se de canviar de roba enmig del treball, ja que la mare no podia consentir que anés a la reunió amb roba de diari, va marxar carretera avall cap al pont i costa amunt pels carrers empedrtas de còdols, cap a l’Ajuntament. Les cases de la part vella de Fraga eren de parets de tàpia, amb portes baixes i petites finestres i estaven encastades les unes amb les altres, com escalonades, sense cap sortida pel carrer del darrera. (...) En passar per un d’aquells carrers costeruts, algú va tenir la inoportuna pensada de llençar per la finestra el contingut d’un xibrell plena d’orins. Devia ser la manera habitual de fer-ho. Però aquell dia no va anar a parar al carrer, sinó al vestit del meu pare...”. 

Los recuerdos infantiles de la señora Joana Raspall son extraordinarios: sus visitas a la golfas del hostal donde podía apreciar las cosas más variadas como las típicas frutas de invierno como tomates colgados, o abundantes raíces de regaliz. La pesca en el río Cinca, con su abuelo. Los juegos típicos infantiles con dos niñas del hostal. Los cantos de los carreteros al pasar frente al hostal. Las mujeres portadores de tres cántaros de agua, siempre una a la cabeza. Las largas filas de asnos cargados con sus sàrries. Los múltiples olores: de pan moreno, de castañas tostadas, orejones cocidos con ciruelas, las granadas maduras con azúcar, las butifarras de cebolla o de arroz, los membrillos al caliu... Los recuerdos imborrables de la señora Joana Raspall completan el extraordinario halo de las fotos de les encaixonadores fragatinas que trabajaban para su familia. n
 

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