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Especial Nuevas Tecnologías 2013
Huellas de los moriscos expulsados a Tunicia

En este año 2010 se cumplen los cuatrocientos años de aquella expulsión, la de los moriscos fragatinos, hecho ocurrido tras la publicación del bando o decreto leído en la plaza de San Pedro y otras esquinas, el 21 del mes mayo de 1610.

 

Aquella expulsión de los mudéjares-moriscos de Fraga estaba enmarcada en la amplia traslación de todos los moriscos de Valencia, de Aragón y de Cataluña. Decisión política dictaminada por el valido Duque de Lerma y aprobada por el rey Felipe III. Todo ello después de haber llevado a cabo con éxito la expulsión de los moriscos de Castilla. Aunque las cifras de los expulsados a nivel general no siempre son coincidentes, se habla de una expulsión cercana a las 300.000 personas. Ya avanzamos que no será propósito de estas líneas analizar las causas de aquella expulsión, que también afectó a los fragatinos.

Moriscos fragatinos
Moriscos eran llamados en España los mudéjares (musulmanes bajo régimen cristiano) que se habían convertido al cristianismo desde el año 1526. La conversión fue por decreto real de Felipe II. La expulsión de los moriscos de Fraga, ocurrida en 1610, y en general la expulsión de otros lugares aragoneses, supuso la pervivencia –al menos hasta bien avanzado el siglo XVIII- de las tradiciones que habían conocido en su respectivas localidades. De inmediato nos surge la inquietud de buscar huellas que dejaron los viajeros en sus crónicas, en la prensa del siglo XVIII, en documentos de archivos o en la bibliografía especializada. Eso es lo que estamos haciendo: localizar las huellas que los moriscos fragatinos pudieron dejar en sus nuevos lugares de destino.

Para los moriscos de Aragón y Cataluña -la última expulsión en ejecutarse- fue comisionado el noble Gastón de Montcada, marqués de Aytona, para que organizara la salida, designara a los guardianes conductores y responsables de atender sus necesidades; todo ello en medio de un tremendo secretismo. Numerosa tropa militar debía vigilar el tránsito o el embarque marítimo. El proyecto previsto por el citado marqués de Aytona consistía en la salida de 9 familias de Alcolea, 38 de Albalate de Cinca y 49 de Fraga, que deberían tomar la vía de Candasnos y de allí trasladarse a Caspe y Maella, para descender hasta los Alfaques en Tortosa. El embarque de Los Alfaques salía en dirección a África, los capitanes de los barcos recibiendo órdenes de los lugares de destino en el momento de la salida. Aunque algunos aragoneses debían embarcar en las costas francesas después de atravesar los Pirineos por Navarra, Somport o Canfranc, la mayoría de estos fueron devueltos a los Alfaques.

La previsión sobre la expulsión de los moriscos de Mequinenza, cuyo número fue calculado en unas 260 personas, era la de salir acompañando a los de Cataluña, por su vinculación al señorío del marqués de Aytona; por lo tanto, junto a los Serós y los de Aitona. Sin embargo, el embarque efectivo varió ligeramente sobre lo proyectado inicialmente. En la decisión final, los de Fraga salieron junto con los de Lérida, Serós, Soses, Aitona y Mequinenza. Este embarque, que se llamó de “catalanes”, superaba las 2.000 personas, contando con las de Fraga. El historiador francés Henri Lapeyre fue el primero en dar noticias en 1959 del número de expulsados, estudio que está siendo revisado en la actualidad porque adolece de algunos vacíos, como no tener presentes a los moriscos que se quedaron, o el de contar dos veces aquellos moriscos que regresaban a escondidas y, por lo tanto, volvían a ser expulsados. Según el embarque de los de Fraga a cargo del señor Sedeño, se hallaron presentes 305 de Fraga, correspondientes a 46 familias o casas -no a las 49 iniciales- divididos así: 104 eran hombres, 103 mujeres, 36 muchachos, 29 muchachas y 33 niños de teta. Todos ellos tuvieron que pagarse el pasaje a África sin conocer su destino. En el momento de pagar les descontaron los 33 bebés.

Expulsión a Túnez

Una gran parte de los moriscos aragoneses y catalanes fueron a parar a Túnez, cerca de 50.000. Allí parece que llegaron los denominados “catalanes” del primer embarque aragonés. Otros moriscos españoles, especialmente andaluces, fueron a parar, con anterioridad a la expulsión aragonesa, a Marruecos y Argelia. De ahí que en África identificaron a todos los moriscos expulsados de España como “andaluces”, porque venían de la histórica Al-Andalus.

A los primeros llegados a Túnez –caso de los Fraga- se les asignó arrabales en la capital, pero el gran número de los que iban llegando obligó a las autoridades tunecinas a desviarlos a zonas concretas donde deberían establecerse como pueblos de nueva colonización. Debemos resaltar la importancia de la pervivencia de los papeles generados por la cancillería del consulado tunecino desde 1605 a 1705. Estos papeles fueron publicados en diez volúmenes por P. Grandchamp; en ellos pueden reseguirse numerosas noticias sobre aquellos deportados, que también llamarán “aragoneses” y “tagarinos”, o de frontera norte. Noticias de interés son las que generaron los viajeros, los pintores y fotógrafos, los cronistas como Payssonnel o el padre Francisco Ximénez -éste escribió un periódico entre 1720 y 1722- donde recogió importantes noticias sobre los descendientes de los moriscos de Túnez. Todas estas fuentes coinciden en resaltar la fuerte personalidad de los descendientes de moriscos. Todos poseían una impronta española que no querían abandonar. Esto facilita las recogida de las huellas que buscamos sobre los de Fraga, que corrieron la misma suerte que sus vecinos del Segre o los de Mequinenza.

Lugares de distribución
La distribución de los moriscos establecidos en Túnez fue la siguiente:
a) Los más adinerados compraron el Hanachir donde construyeron de inmediato viviendas propias.
b) Otros, como los “catalanes”, ocuparon el Valle de Medjerda: Testour, Slouguia, Medjez-el Bab, Grich-el-Oued, Teburna y Djedeida, Kalaat al-Andalus, Ausdja, Porto Farina.
c) Un tercer grupo ocuparon las inmediaciones del Cabo Bon: Soliman, Grombalia, Tourki, Belli, Njanou, y algo más al sur Zaghouan.
d) Un cuarto contingente humano se distribuyó por el Sahel de Bizerta: Kalaat el-Anhless, Aousja, Ghar-el-Melh, Metline, Raf-Raf, El-Alia, Ras Djebel, Menzel-Djemil, Matear y la propia Bizerta.
e) Los que pudieron se establecieron en barrios cercanos a Túnez capital: por ejemplo, en la zona sur, en el llamado barrio de los andaluces, o en los de Manouba, l’Ariadna, Hammam-lif, y otros al norte de la ciudad, como en Qallaline, en la zona entre Bab Souika y Bab Carthajana.
En estas más de veinte localidades o lugares dejaron importantes huellas que todavía hoy pueden enumerarse. Por ejemplo, en Bizerta halló el citado Ximénez 4.000 descendientes de moriscos, que Porto Farina fue el lugar de destino de la mayoría de los deportados, y por lo tanto, debemos suponer que también los de Fraga. El Al-Alia, que fue construida en 1613, en la carretera a Bizerta, tenía unas 250 casas de descendientes. Las de Metlin, y la de Zagoun fueron construidas en 1611, o sea, un año después de su llegada; Tebourba, también construida en 1611, tenía en 1724 unos 800 habitantes todos hablando español, los mismo que la localidad de Grombalia, Teboursuc, bastante arruinado en el XVIII por abandono del lugar; los de Grech El Oued eran todos “catalanes”, si bien esta localidad se hallaba en franco deterioro y disminuida de gente, por desplazamiento a Testour. En Seluquia tenían a gala ser descendientes de moriscos aragoneses. Destacando sobre todas ellas aparece el urbanismo de Testour, junto al río Medjerda, localidad construida con las piedras tomadas de restos romanos; en esta ciudad, a 75 km de Túnez capital, se establecieron también aragoneses y “catalanes”, llegando a habitarla en 1631 unas 1.500 familias, solamente con los llegados y con la primera generación nacida en África.

Estilo propio

Una vez establecidos se organizaron al estilo español, o sea, creando un concejo, presencia de prohombres, alguacil, escribanos y justicia. Acordaron seguir pagando el diezmo de los frutos por obtener, pero sufragarlos al Concejo. Excepto en alguna localidad morisca en la que construyeron fuentes, en el resto la mayoría de las mujeres iban a buscar agua al río con cántaros. Pasadas cuatro generaciones, o sea, los re-biznietos de los expulsados guardaban celosamente la personalidad de sus bisabuelos.

Los investigadores actuales sobre estos temas apuntan que los moriscos aragoneses y catalanes estaban distribuidos en lugares concretos, agrupándose por razones de procedencia. Aquellas construcciones moriscas son fácilmente reconocibles por la estructura de las viviendas, con tejados inclinado rematados de tejas, o ventanas dando a la calle, con patio interior en las casas, adorno con flores y uso de materiales básicos como la piedra y el adobe. Eran en su mayor parte agricultores y llevaron a Túnez métodos de riego, abrieron caminos, edificaron mezquitas con estilo propio, desarrollaron una nueva alfarería, inauguraron industrias de teñido de telas, fabricación de mantas, tejidos de linos y sedas, comercialización de gorros rojos, plantaciones de olivos, vid y frutales perfectamente alineados. En sus labores del campo usaban carros, igual que los campesinos aragoneses.

Respecto al vestuario de las mujeres resultaba ser el mismo que trajeron de Aragón y que perdura en nuestras fiestas: una pieza de tela de lana sobre los hombros, cuatro faldillas de un mismo ancho, que todo componía el traje, junto a las bajeras, calzón, camisa, chaqueta y gorro. Las más conservadoras “salían con la cabeza tapada y pantalones que llegaban a los pies, y una especie de faldillas que descendían en pequeños pliegues hasta los pies”, tal como se conservaba en el siglo XVIII en la ciudad de Testour.
Isabel Pezzi en su dossier Yama’a islámica de al-Andalus nos presenta la siguiente descripción del vestido de las mujeres, que, por otro lado, sigue recordándonos nuestros vestidos tradicionales: “Las mujeres moriscas llevaban faldas de mucho colorido, especialmente en las fiestas, semejantes a las que después se denominaron de ‘tela de casulla’, en finos tejidos de seda, con bordados de rica decoración, sobre todo de temas florales”.

Los hombres portaban una gran albarda sobre el hombro izquierdo que les llegaba a las piernas, y lo hacían subir por el lado derecho, pudiendo taparse la cabeza con él. O bien un pañuelo en la cabeza, con capa sobre las espaldas y abierta por delante cogida por una cinta, y una especie de faja de donde colgaban la “escarcelle” o bolsa del dinero, y pantalones anchos hasta la rodilla, idéntico a los burgueses españoles. Especialmente en los días de fiesta, los hombres se ponían sus mejoras galas tradicionales. En esos días todos se esmeraban en preparar repostería traída de Aragón: mazapán, panadones, rosquillas y el tradicional kisâlech (rellenos de escalopa con huevos revueltos y queso).

Otra fuente de las citadas nos dice sobre los hombres: que el pelo lo tenían cortado en redondo, o “garceta”, de acuerdo con la costumbre, solían vestir con calzón ancho o zaragüel (sarawîl), única prenda que llevaban, junto con la camisa, un chaleco (negro o aceitunado para el trabajo; y rojo, naranja o de otro color chillón para las fiestas) y una faja amplia a la cintura (gris para los días de trabajo, y rojo o blanco para los días de fiesta). Calzaban alpargatas sobre las piernas desnudas, sin medias. La cabeza con un turbante, o un simple pañuelo, anudado sobre la sien. En invierno se cubrían con un capote de lana o capa corta, nunca hasta los pies.

Tradiciones que mantuvieron largo tiempo

Las tradiciones más vivas de los moriscos renacían en las fiestas de bautismos, bodas y entierros. Por ejemplo, las bodas duraban tres días, como se hacía en España antes de la expulsión. Durante los tres días se bailaba y cantaba, o se escuchaban instrumentos musicales. La fiesta del primer día se realizaba en casa del futuro marido. Para el último día, se trasladaban todos al son de música y velas encendidas a la casa de la novia, lugar donde se centraba la fiesta. Era costumbre recoger dinero y entregarlo al novio para los cuantiosos gastos de los tres días de fiesta, o para que empezara su matrimonio más desahogados. Los hombres casados se reunían en un café para fumar y tocar instrumentos. Las mujeres moriscas en Túnez se adornaban siempre con bellas telas y pendientes colgantes de oro en las orejas, pulseras, gargantillas y anillos, joyas que habían conseguido transportar en 1610 dentro de rosquillas y panadones. Una de las costumbres que no perdieron las mujeres moriscas fue la de sentarse en la calle sobre esteras de esparto a tomar el fresco de la tarde, donde aprovechaban para cotillear con las vecinas.

La lengua usada y los libros leídos eran básicamente en lengua castellana (debemos entender también el aragonés y catalán) y para mostrar su resistencia a perder su lengua, escribieron y divulgaron textos en aljamía, es decir, en caracteres árabes, pero con fonética castellana. Sin embargo, los matrimonios que iban celebrando jóvenes descendientes moriscas con musulmanes nativos más adinerados hicieron perder progresivamente la lengua castellana, sobre todo desde finales del siglo XVIII. (De este tema trata el libro de M. de Epalza y A Salama Gafsi, El español hablado en Túnez por lo moriscos y sus descendientes, ss. XVII-XX). Sirva de ejemplo el testimonio que dejó el cónsul de Su Majestad Británica en el año 1868 cuando afirmaba que al menos en doce villas por él visitadas hablaban español y catalán.

Para finalizar, y con el objeto de hacerse una idea visual de cuanto llevamos dicho y de otros detalles sobre los moriscos fragatinos y las huellas que llevaron tras ellos a Túnez, sugerimos no se pierdan el documental: “Expulsados: la tragedia de los moriscos”, con la magistral interpretación de los actores Fernando Guillén y Pablo Derqui.


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